Doy la bienvenida a todos aquellos que visiten este blog, en el se puede encontrar obras del pintor manchego: JOSÉ HIGUERAS MORA Esta terminantemente prohibido plagiar las poesías o escritos que se encuentran en estas páginas
lunes, 17 de febrero de 2014
viernes, 14 de febrero de 2014
PASADO EL TIEMPO 14 -2 -2014
domingo, 19 de enero de 2014
LA RAMA DE LAUREL
Óleo sobre lienzo del maestro José Higueras Mora
Sentada en el cómodo butacón
cerca del gran ventanal, María escuchaba el ulular del viento. Era el mes de
febrero hacía bastante frío. Tapada con una manta cerca del radiador se quedaba
medio adormilada acompañada de sus recuerdos.
Los días ya empezaban a ser
más largos pero todavía eran muy frescos, sobre todo el aíre que no paraba,
había momentos en que parecía arrancar los árboles.
A través de los cristales se
podía ver un laurel, era enorme, los años le había hecho crecer tanto que cada
vez que se movía daba golpes sobre la ventana y parecía que se iba a caer sobre
la casa.
María se traslado al día en
que su abuelo planto aquel árbol. Se lo habían regalado unos niños de una
escuela taller de Toledo.
Era muy pequeñito. El abuelo
llego a casa con la maceta y se dispuso a plantarlo en otra más grande para que
no se rompiese hasta que creciera un poco más y de esa forma pasarlo a la
tierra.
Estaba muy “apegado” a su
laurel, lo miraba y lo mimaba para que no se le muriera, era su orgullo y
siempre que tenían visitas el abuelo le regalaba una rama para condimento o
bien para que lo pusiese de adorno además de contarle la historia de quien y
como se lo habían regalado.
Pasaron los años y el abuelo
se murió de viejo, su árbol seguía en el mismo sitio, era como tener más cerca
a la persona que lo había plantado nadie osaba
tocar el laurel. Se había puesto tremendo.
Cuando el viento era fuerte
como hoy, se bamboleaba y sus ramas llegaban hasta los cristales. Se movía con
la flexibilidad de una bailarina ejecutando una exquisita danza, cada vez que
rozaban los cristales de la ventana les parecían que eran caricias del abuelo.
A la mañana siguiente, el
día estaba más calmado, había parado el “vendaval” y lucia un sol esplendido.
María salió a dar una vuelta por el jardín, al pasar cerca del laurel vio que
con la fuerza del aire se habían roto unas ramas, las recogió y una vez dentro
las puso dentro del jarrón de la abuela.
Seguro que el abuelo estaría
contento, era el jarrón preferido por su mujer. Quedaba bonito, además de
decorar desprendía un limpio aroma que llenaba la estancia.
Higorca
Medalla de Oro de Literatura
Grandes Premios Internacionales de Charleroi (Belgica)
jueves, 29 de agosto de 2013
LA FRAGUA
Óleo del maestro José Higueras (la fragua) merecedora de grandes premios internacionales.
Golpe a golpe el herrero da
forma al trozo de hierro candente. Mueve el martillo con toda seguridad y destreza.
Está acostumbrado, desde niño ha estado al lado de su padre aprendiendo el
oficio. Ahora también él tiene el pelo lleno de canas a consecuencia de los
años.
El hombre recuerda su
infancia, una infancia difícil como la mayoría de aquella época, eran años de
escasez sobre todo por los pueblos de la meseta castellana, en cambio él la
recuerda como muy feliz.
También es verdad que el
estar en un pueblo era muy distinto, la cosecha del campo y los animales de corral no faltaban, y cuando
el frío estaba en el cenit alrededor de navidad llegaba la matanza del cerdo,
eso daba un desahogo en las casas. Si no eran muchos de familia, de todas
formas según la “categoría”, con más o menos “poder” así mataba de cochinos. Eran
días de fiesta y jolgorio.
La fragua en un principio
estuvo instalada en un lugar estratégico, cerca de la carretera o camino por dónde pasaban los
carros, los animales que tenían necesidad de herrar. Con el paso del tiempo
tuvieron que cambiar la ubicación ya que se había quedado en el mismo centro de
la pequeña villa.
La fragua siempre ha tenido
una tradición, ha ido pasando de padres a hijos desde algunas generaciones atrás.
Pero siempre ha conservado ese sabor antiguo con toques de modernidad. Con los
tiempos han tenido que ir acoplando aparatos nuevos, acordes a los mismos
aunque les haya gustado guardar aquellos ancestrales que todavía se encuentran
en ella.
Ya no tiene el fuelle que
aviva el fuego de la cocina dónde se calienta el hierro. Ahora es un “molinillo”
eléctrico, seguramente mucho más práctico que estar moviendo aquel enorme y
pesado aparato.
Claro que hoy tampoco se
llevan a cabo los mismos trabajos en la “herrería” ya no pasan equinos por los
caminos, se han transformado en coches.
Ahora se trabaja el hierro dando formas maravillosas
para adornar, decorar o “cerrar” nuestras casas. Artesanía pura, golpeando,
forjando los hierros al rojo.
Todo cambia y también como
no podía ser menos las fraguas. Ya nadie pasa, ni va, ya no se tienen animadas
tertulias con las gentes del lugar, tampoco los niños llevan un asa de cubo a
escondidas para que les hagan “rejos” con el que jugar en la calle con otros
niños. Todo eso termino para pasar a unos tiempos de “digitalización”. Quizás
mucho más fríos, menos peligrosos pero no tienen el calor, el sabor de la amistad desde pequeños.
Higorca
miércoles, 21 de agosto de 2013
UNA FOTO PERFECTA
Óleo de José Higueras Mora
La vendimia estaba en todo
su “apogeo”. Los racimos son cortados por manos expertas para después poder
obtener el mejor mosto.
Este año la uva era excepcional.
La uva blanca tenía un dorado que daba la impresión de ser transparente, se
podía ver el interior de cada grano, saborearlo simplemente con verlo. Así mismo
la morada tenía un color especial, brillante, tersa, apetecible.
La muchacha deseaba poner
aquella maravilla en un frutero decorando una estancia de la casa ¡eran tan
bonitos! Los escogió bien los puso en una cesta y se los llevo a casa.
Por el camino recordó que
tenía un frutero “especial” lo había visto siempre en casa de su abuela y
después en la casa de su madre, ahora lo tenía ella ¡ese sería el sitio ideal!
Se paró a comprar el pan, compró
una hogaza tenía que llevarlo para que los vendimiadores almorzasen. Había que
alimentarse bien para el trabajo, era duro.
Llego a casa busco un tapete
era recuerdo de su madre, le tenía un gran cariño, luego saco el frutero y
coloco los racimos en el ¡quedaba bonito! Le pareció poco, se acerco al mueble
bar y encontró la botella de barro. La miro ¡qué bellos recuerdos llegaban a su
mente! Sin darse cuenta había dejado el pan sobre aquel tapete y una naranja de
antes.
Miró todo, le gustó la
decoración que sin darse cuenta había creado. Allí en aquel poco espacio había
reunido algunos de sus recuerdos. Cerró los ojos por un momento pensando en
todo el tiempo atrás.
Higorca
lunes, 20 de mayo de 2013
COCINA EXTREMEÑA
Óleo/tabla, medidas: 65 x 81 cm., año 2007, autor: José Higueras Mora
Habían pasado muchos años. Ahora estaban de nuevo en esa
tierra que les parecía desconocida. Eran muy pequeños cuando sus padres
decidieron partir a buscar un trabajo mejor a otro país. Allí era muy difícil
poder vivir, no tenían ni lo más básico. Fue una decisión dura… pero acertada.
Ellos fueron creciendo, acudiendo al colegio, aprendiendo el
idioma. Apenas se dieron cuenta del cambio experimentado. Lo peor fueron sus
padres que tuvieron que trabajar duramente para sacarlos adelante. No era fácil
estar en un lugar desconocido, sin familia, con otro idioma…
Al principio no podían volver ni aún en vacaciones. Era
preciso ahorrar para luego poder llegar con algo de dinero y conseguir de nuevo
todo lo que habían perdido.
Así fue, pasados tres años de nuevo volvieron a su tierra, al
lugar que les vio partir. Todo les parecía raro, distinto, en cambio todo
estaba igual. Todo menos la familia, aquellos padres y abuelos habían
envejecido. Mirándolo bien no era mucho tiempo pero… quizá el sufrimiento al
saber que sus hijos estaban lejos.
Así fue pasando el tiempo, los años. Se acostumbraron a estar
en aquel país tan distinto al suyo, pero dónde les habían acogido muy bien. Se sentían
en su casa, con los mismos amigos del principio, y ahora ya venían todos los
años a su pequeño pueblo extremeño.
Un día recibieron un telegrama con una mala noticia, la
abuela había fallecido. Tenían que venir. Ya solamente quedaba ella de todos
los mayores. Después del entierro de nuevo el regreso a su casa, al rincón que
ahora era como suyo.
De nuevo estuvieron unos años sin volver ¿para qué? Ya no
quedaba nadie de ellos, todos estaban fuera, cada hermano por un lado del
mundo. No era fácil llegar y encontrar aquella casa sin nadie.
Un verano, cuando ya el tiempo casi había curado la herida
decidieron tornar. Al abrir la puerta un
fuerte olor les descubrió todo el polvo que había. Olía a cerrado, a soledad,
entraron, miraron por todo, seguramente no podían dormir allí aquella noche,
debían limpiar bien. Dejaron las maletas y se dispusieron a preparar todo,
entre todos. Abrieron las ventanas. Era necesario ventilar. Aquel olor traía
recuerdos del pasado.
Entraron en la cocina, al abrir la ventana vieron la mesa. Estaba
intacta, como si alguien hubiese estado limpiando aquel trozo todos los días.
La mesa dónde acostumbraban a comer sus padres siempre, al
mismo tiempo que la utilizaban para poner las cosas de la cocina, de esa forma
la abuela se encontraba más cómoda. En ella la sartén estaba en su sitio, la
aceitera aún guardaba el mismo aceite, los membrillos del jardín se habían
conservado como si estuvieran recién cogidos del árbol. La abuela tenía
costumbre de dejar uno dentro de aquella enorme copa que siempre le había
gustado a la nieta cuando era pequeña. La calabaza del abuelo, colgada en la
vieja pared. Miraron… no se atrevían a tocar el pan, parecía estar tierno. Se
acercaron y pudieron comprobar que estaba como una piedra, pero eso sí, no
había perdido el color, era como si aquello hubiese permanecido esperando a que
llegaran ellos para recordar que allí estaba su casa, su lugar, sus recuerdos.
Aquella noche el matrimonio hizo nuevos planes, estuvieron
hablando largo rato. Por la mañana hablarían con sus hijos. Eran mayores,
habían crecido, tenían unas carreras, sus parejas. Todo marchaba bien ¿para qué
esperar entonces?
Se sentaron en la mesa para desayunar, el humeante café
desprendía un acariciante aroma, además del pan tostado recién hecho.
Hablaron los padres ¡hemos
pensado que nos quedamos aquí! Ahora
ya sois mayores, no necesitáis de nosotros. Este es nuestro hogar, nuestro
lugar. Dejaron de desayunar y se miraron desconcertadamente. No tuvieron
contestación que decir, al fin y al cabo tenían derecho a pensar así. Habían luchado
mucho. Ahora ya les había llegado el momento de descansar y ¿dónde mejor que en
su rincón extremeño? La casa que fue de sus ancestros.
Se levantaron, y simplemente les dieron un fuerte abrazo. Aquella
mesa, en la cocina con todos los componentes intactos les había indicado donde
estaba su lugar.
Higorca
sábado, 27 de abril de 2013
DOS FILANTROPOS EN LAS TABLAS DE DAIMIEL 21/04/2013
Alejandro y José Higueras Mora en el Molino Molimocho
El río Guadiana entrando en Las Tablas de Daimiel
Estaba
seco total – ¡es que pasa por debajo del
suelo! – me dijeron. Por el subsuelo, me dieron a entender.
¡No
comprendí muy bien ya que podía ver el cauce por dónde debía correr su agua! Pasaron
los años y al final me creí aquello. Aún pensando el porqué un río tan
caudaloso por el resto de España podía estar seco en su principio – ¡Más allá están los ojos que vuelve a salir! –
en fin las gentes del lugar debían saber mucho más que yo.
Claro
que llegamos en los años más secos de La Mancha, quiero decir años que
llovieron muy poco.
Más
tarde me aficione a visitar todos los humedales manchegos. Me gusta el agua, soy
de agua. Me siento feliz cuando puedo ver que hay vida dentro de ella. A veces
en un simple charco vemos como miles de pequeñísimos “animalillos”, parece que están jugando al “corre que te pillo”.
Claro
que pensar que La Mancha es un lugar seco es no conocer bien la tierra. Podemos
encontrar un sin fin de lagunillas, lagunas, charcos, tablas, etc. parecen ojos
salidos de un fondo.
Habitamos
justamente entre las lagunas de Villafranca de los Caballeros y las Tablas de
Daimiel. Las dos las visitamos por igual. Me gusta sentarme dónde pueda ver el
atardecer dorado. Atardeceres inmensos, de un cielo inigualable, solamente molestado
por las aves que presurosas llegan buscando su lecho de amor entre los árboles
que podemos encontrar en las pequeñas islas que hay dentro de las magnificas
tablas.
Ahora
el Guadiana está contento al inundar tan hermoso lugar, sus aguas corren raudas
dejando su rastro, dando vida, alimento a tantos seres vivos como protegen. Entrar
y tener la oportunidad de pisar sin lastimar tanta belleza.
Creo
que… me pareció notar como los viejos y
cansados tarayes que yacen en el suelo, sonreían al sentir el beso del agua en
sus pies, dando la bienvenida a las nuevas hijas, a las nuevas ramitas, resistiendo
morir.
El
Guadiana nos hace feliz. Sus aguas se pierden abajo buscando otras tierras,
dando riqueza a su paso.
Mientras
podemos ver unas cuantas canoas paseando por él, jóvenes que están festejando
una primavera inusual en esta rica y hermosa tierra.
Higorca
martes, 23 de abril de 2013
MI AMOR POR LOS LIBROS
Óleo del maestro José Higueras Mora
Sobre la mesa un montón de
libros. Se puede escoger uno y empezar a leer. Cualquiera es bueno. El niño no
sabe cual elegir, quizá espera que el padre le ayude a escoger.
Mira a un lado y al otro, no
hay nadie y…
Por fin se decide por uno al
mismo tiempo que se pregunta - ¿será de
aventuras? Empieza a hojear primero. Lee alguna estrofa entre una página y
otra. Parece que le gusta. Mientras… el padre mira sin ser visto. Está cansado
de ver a su hijo jugar a los marcianitos y mirar la pantalla de la televisión.
Nunca le ha visto con un
libro en las manos - ¡con lo importante
que son! – musita el hombre - ¡Tengo
que cambiar esto!
Sube a la buhardilla dónde
guarda los libros que él leía cuando era pequeño, están llenos de polvo, cogiendo
unos cuantos los limpia para ponerlos sobre la mesa esperando que aquel joven
se atreva a tocar alguno ¡Simplemente eso
tocar las tapas de uno!
Después de mirar y leer unas
cuantas palabras el muchacho, se acomoda en un sillón y empieza por el final -
¡Excelente! Piensa el padre, ha
empezado bien, como todos. Así se empieza cuando se coge el primer libro, se
leen las últimas hojas y después…
Le gustan al chico aquellas
aventuras de los Cinco. Claro que son de su padre cuando era como él… ¡no, mucho más joven! Entonces no había
televisión todavía se disfrutaba con los tebeos, o los libros, muchos sentados
en la acera - ¡no había tantos peligros
como ahora!
El padre entra en la
habitación, tan ensimismado esta el muchacho que ni se da cuenta de su
“intromisión”, él lo mira atentamente, por un momento se siente orgulloso de su
hijo y de su “hazaña” al poner los libros sobre la mesa sin decir nada, de lo
contrario estaba seguro que no le hubiese hecho caso y no lo hubiera tocado. Él
quería eso, que tocase el papel, que notase el aroma de un libro y sobre todo
de esos que tantos recuerdos tenían.
Uno le vino a la memoria, estaba
seguro que también conservaba la lupa de su padre, la buscaría.
De pronto el hijo levanta la
cabeza y se da cuenta de su presencia, sonríe tímidamente no sabe si eran para
él o está cometiendo algo grave pregunta enseñando lo que tiene entre las manos
- ¿puedo?
El padre se acerca y
sentándose a su lado le hace un gesto afirmativo para decir - ¡claro, es un regalo, hoy es el día del libro,
disfruta de la lectura y no lo olvides: un libro entre las manos es un enorme
tesoro! Le da un beso en la frente y sale sonriendo, por esta vez ha ganado
la cordura ¡espero que siga para siempre!
Higorca
Higorca
jueves, 11 de abril de 2013
SOBRE LA MESA
Óleo del maestro José Higueras Mora
La tarde avanzaba, el otoño
estaba cerca y los árboles ya lo notaban. Sus ramas se iban quedando desnudas y
el suelo estaba cubierto por una alfombra marrón que al pisar parecía que
alguien se lamentaba.
Los hombres habían ido a
pescar, querían quedarse a pasar la noche en la vieja casa que tenían cerca del
río. Les gustaba de vez en cuando quedarse en la soledad del lugar. Cada uno
con sus pensamientos parecía que estaban haciendo un repaso a su conciencia.
Al llegar a la casa encontraron
unas cuantas cosas que todavía seguían en el mismo sitio que los pusiera la
abuela ¡De eso hacia unos cuantos años!
Recordaban todo muy bien. Aquella
botella era de vino- ¿no recuerdo quien
se la regalo?- habían brindado en su cumpleaños – ¡creo que fueron ochenta y cinco! - luego ella la guardo vacía como
si hubiese sido el mejor de los regalos. Todavía seguía en el mismo sitio,
nadie se atrevía a tirarla y eso que había pasado mucho tiempo de la muerte de
la abuela.
Aquella jarra de bronce les
trajo una sonrisa, a la abuela le gustaba tanto que siempre la colocaba en la mesa con unas flores. - Era su decoración favorita –
Salieron al jardín el limonero
estaba cargado de fruto, fueron a buscar un frutero y lo llenaron. Tenían una
fragancia sin igual, la casa se inundo de ella. Lo pusieron sobre la mesa
antigua – espera ponemos un paño de cocina,
lo juntamos todo y hacemos una foto, seguro que a mamá le hace ilusión.-
Abrieron un cajón, todo
estaba en orden, bien puesto, sacaron uno de aquellos paños.Colocaron todo
sobre ello, hasta el pescado de la cena, quedaba bien, de pronto sus ojos
tropezaron con una cebolla que ya se había “grillado”, también la pusieron. Arrimaron
la mesa debajo de aquella ventana que hacía muchos años que no se abría.
Miraron bien el ángulo, era
una buena máquina de hacer fotos. Les gusto, hicieron varias. Era un buen
bodegón.
Higorca
lunes, 11 de marzo de 2013
RECORDATORIO 11 DE MARZO, 2004,
Óleo de José Higueras Mora
Silencio… silencio… todo
calla hoy…
Oraciones se oyen como un
murmullo
en el andén aquel…
¿Qué fue lo que paso ayer?
¡Aún recuerdo!
Lo llevo grabado en mi piel.
Gritos, fuego, estallidos,
sufrimiento
¿Qué está pasando en el
andén?
¡Recuerdo que me pregunté!
¡No fue solo una vez!
¿Por qué grita la gente
porque corren también?
Fuerte olor… ¡a muerte se
nota que es!
¿Quién pudo ser, porque?
y… pasan los años
y… todos miramos recordando
el ayer,
miramos al pasar por el
andén.
De todos los labios en
susurros,
sale una oración, una
plegaria,
y… un beso también
¿Cuántos dejaron su cuerpo
en el tren aquel?
¿Cómo no recordar el dolor
de un once de marzo?
¡me siento estremecer!
¡Lo recuerdo tan bien!
Sentía su agonía sin estar
allí.
desdichado atentado aquel
que inundo de sollozos
¡Un tren, otro, y otro
también!
Gritos, más gritos, llantos
en el andén
Madres que buscan sin
encontrar
Padres que esperan respuestas
Hijos que ya nunca besos recibirán
de unos padres… que no
volverán
Hierros, más hierros,
amasijos…
Azufre… el aire era azufre
irrespirable
¿cómo se puede masacrar así?
¡No tengo contestación
porque
todavía siento en mi el
dolor!
Higorca
jueves, 7 de marzo de 2013
MITAD HOMBRE, MITAD CABALLO
Óleo de José Higueras Mora
Vuela figura mítica…
Mitad hombre, mitad caballo,
¿Eres mitología? O ¿Verdadera?
Cruza las nubes, entra en un
reino.
Dónde la verdad sea dicha
Absorta
miraba como por el horizonte aparecía una nube algo rara ¿Qué me está pasando?
Se preguntó la muchacha que estaba sentada en un banco con un libro en la mano.
Había
ido a leer un rato en aquel maravilloso parque que había en el pequeño pueblo
dónde pasaba las vacaciones de verano.
La
playa estaba a pocos metros de su casa,
pero eso era por la mañana, le gustaba madrugar para bucear con tranquilidad, cuando
el mar estaba en calma y apenas había gente.
La
tarde era distinta, cuando el calor bajaba solía coger un libro y sentarse a la
sombra de aquellos arcaicos árboles.
Pero
aquella tarde algo raro estaba pasando, de nuevo miro al cielo, la nube se
estaba despejando y pudo ver con claridad la imagen que se acercaba a ella.
Era
un caballo… un hombre… ¿qué era aquello?
De
pronto vio como bajaba… y ahora sí, ahora veía lo que era en realidad.
¡Un
hombre caballo! ¿Lleva a una mujer? ¡Cuánta belleza! De nuevo emprendieron la
subida, claro no podían chocar con la torre del reloj ¿a dónde se dirigirán?
Era todo tan raro. Cada vez estaba más intrigada. De nuevo volvían hasta dónde
se encontraba ella ¿qué querían decir, o hacer?
No
se daba cuenta que estaban paseando por el cielo de un azul purísimo, era hermoso
ver aquel “cuadro” de una belleza sin igual ¿quién serían? ¿Cómo era posible
que un hombre con medio cuerpo de caballo y unas alas paseara a una muchacha?
No
entendía nada, pero retrocedió unos años en su mente y recordó aquel libro que
un día le entusiasmo ¡era de mitología! Lo recordaba perfectamente ¡era un Centauro!
¡Un bellísimo Centauro con su enamorada!
No
sabía si era real, o estaba soñando. Eso sí era una imagen preciosa. Agacho la
cabeza le dolía la nuca de tanto mirar al cielo, la sacudió con fuerza. Se levantó
preparándose para marchar a su casa. Estaba confusa. No lo olvidaría nunca. De pronto
noto que no podía caminar, se encontraba volando, veía todo el pueblo desde
arriba, no llevaba ropa y no tenía frío. Noto un suave calor cerca de ella. No se
atrevía a moverse, se sentía segura.
Un
timbre agudo y persistente sonaba muy cerca de su oreja. Se desperezó y
abriendo los ojos se dio cuenta que ya era de día, el sol empezaba a salir. Se levantó
y descalza se asomó a la ventana. El cielo estaba limpio, azul, sereno. Indudablemente
no había nada raro en el.
Miró
a su alrededor y todo estaba bien, igual que todos los días. De pronto escucho
una voz que la llamaba ¡Ya voy mamá!
Todo
había terminado, suspiro diciendo ¡un
bello sueño!
Higorca
jueves, 17 de enero de 2013
EL NIÑO ESCARABILLERO
Se quedaba absorto mirando a
su alrededor. El escarabillero, solamente era un niño. A sus ocho años ya sabía
muy bien lo que era pasar hambre.
Eran los años de la
posguerra en España. Había poco dinero, poca comida, poco de todo. Si a eso se
le añade que el cabeza de familia era un poco inestable, todavía resultaba más
difícil la vida.
Por eso en aquella casa
todos los miembros de la familia desde que apenas empezaban a “balbucear” debían
arrimar “el hombro”. No importaba niño o niña. Lo más importante era comer y
para eso era necesario tener un poco de dinero, y para conseguirlo había que
trabajar.
En el lugar donde vivía, se
explotaban unas minas de carbón. En aquella época era la energía que más se
utilizaba para guisar, y para calentarse en el frío invierno que por aquellos
montes tenían.
La familia no tenía dinero
para comprar aquel preciado mineral. Solamente había otra forma de poder
obtenerlo, además también, de poder vender a todos aquellos que lo necesitaban
y se lo pedían. Una buena forma de conseguir unas monedas, y poder adquirir un
poco de comida.
Después de desayunar (Cuando
había en su casa leche, que no era todos los días) la madre de Luisito, lo
lavaba y lo peinaba ¡Eso sí! Ya que era imprescindible enseñar una educación a
los hijos aún siendo muy humildes. Así, después del aseo su madre lo mandaba a
escarabillear iba a la puerta de la mina o por los alrededores.
El niño cogía una espuerta
de esparto que pesaba más que él y arrastrándola se iba a buscar aquellos
pequeños trocitos de carbón. Era cómo migajas de aquel negro combustible. Así
pasaba toda la mañana para volver al mediodía a casa donde poder comer un plato
de arroz con una patata, la más de las veces sin ningún tipo de grasa, ni
aceite.
Por la tarde la madre vendía
la parte más importante de aquellas pequeñísimas piedras que cuando estaban al
sol brillaban intensamente, tanto que se podían confundir con pequeños
brillantes ¡qué suerte hubiera tenido
aquel niño de encontrarse un trozo de aquella preciosa piedra! Pero la
realidad era otra muy distinta. La pobreza reinaba en su humilde casa.
Su madre nunca le llevaba sucio,
y mucho menos con manchas. Aún con los pantalones llenos de remiendos, los
planchaba. Los domingos y días de fiesta, llevaba otros nuevos que su madre le
hacía quedándose por la noche a coser.
Cuando otras personas le
daban ropa ya usada, pero que se les había quedado pequeña a ellos, o a sus
hijos, ella con todo cariño las descosía, y aquellas piezas las ponía a medida
de su hijo. Pantalones, camisas y muchas veces abrigos o chaquetas.
Luisito se daba cuenta de
ello y ayudaba todo lo que podía ya que su padre pasaba largas temporadas fuera
de casa, sin saber nada de su paradero. Mientras que su madre lavaba ropa de los
lugareños. La avisaban para que pasase a recogerla luego iba a un lavadero que
había en las afueras de aquel pueblo, lo peor era el invierno, tenía que romper
el hielo para poder lavar. Llegaba a casa con las manos moradas de tanto frío.
Una vez seca toda la colada, la planchaba y entregaba de nuevo a cada una de
aquellas casas.
Era una vida muy dura.
Luisito casi no tenía tiempo para jugar, pasaba largas temporadas sin ir al
colegio. Cuando no hacía una cosa era otra, pero lo importante era esa pequeña
ayuda que él aportaba a su casa. A su madre, que tanto quería.
Una mañana de aquel verano
intensamente caluroso. Unos cuantos chicos llegaron a la boca de la mina, todos
llevaban una cesta o cubo para llevar el carbón a su casa, se conocían y
jugaban muchas veces en la calle con las canicas o simplemente con un trozo de
madera que, según ellos era la espada.
Al lado de la mina había un
río ¿Un río o un pantano? Normalmente
no había ningún peligro. Muchas veces se bañaban y jugaban dentro del agua.
También aquella mañana, decidieron que se bañarían, acostumbraban a tirarse por
las paredes del embalse como si de un tobogán se tratara. Los niños se reían y
hacían carreras para ver quien llegaba primero abajo, y luego subía antes.
Aquella mañana cuando el
primero de ellos, que era Luisito, por ser el más atrevido, estaba ya abajo, abrieron
las compuertas y el agua contenida salió con una rapidez impresionante. Los
amigos miraron a ver si su amigo que se encontraba en el fondo se veía. Era
imposible, y Luisito no podía salir, parecía como si un pozo se lo quisiese
tragar.
Miraba para arriba y veía
una luz muy blanca. – ¡Creo que durante un
buen rato! - O ¿fueron minutos, segundos… y a él le parecieron horas?
Escuchaba a lo lejos como sus amigos lo llamaban.
Agarrándose a las paredes
como pudo y guiado por la luz y los gritos fue saliendo. Cuando ya llegaba
arriba noto como unas manos tiraban de él. Extenuado cayó al suelo sin sentido
y completamente morado.
Fue difícil hacer que
volviera en sí. Los niños seguían, y seguían moviéndolo para que les hablara,
no se atrevían a correr para ir a pedir ayuda, tampoco querían que se enteraran
sus padres. Al final Luisito volvió en sí, abrió los ojos y miro a su
alrededor, sin pensarlo se puso en pie y se encamino a su casa.
Aquel día llego tarde y sin
carbón. La explicación que dio fue que no había encontrado ninguna de aquellas
piedras. No quiso comer, no podía. Pidió
permiso y se acostó ¿qué raro? Pensó su madre.
La realidad es que nunca
llego a enterarse de lo ocurrido. Luisito creció y se cambiaron de región. Pudo
ir al colegio y aquello quedo en una tremenda aventura que le causo un fuerte
trauma, jamás se acerco al mar.
Higorca
viernes, 28 de diciembre de 2012
LOS PODADORES
Óleo sobre tabla, dimensiones: 116 x 89 cm. Año: 1994,
Titulo: Los Podadores
Autor: José Higureras Mora
24
Salón Internacional de Artistas Belgas – Gran Premio Internacional A. E. A.
Con
Medalla de Vermeil en Homenaje a su valor artístico, Ciney (Bélgica)
1994:Gran
Premio Internacional A.I.A.C. Medalla de Oro, Montigny-le-Tilleul (Bélgica)
1994:
Gran Premio del Salón Internacional por los Servicios Rendidos a la Causa de Ciencias, Letras y de las Artes.
París (Francia)
Era
el otoño manchego. El frío se había instalado en el lugar. Había pasado ya un
tiempo después de la vendimia. Ahora tocaba podar las cepas. Aún conservaba el
aíre el olor característico del mosto recién hecho. En cambio las cepas yacían
en sufrimiento. Habían perdido los hijos que las mantenían lozanas, frescas,
con las hojas brillantes llenas de vida. Estaban pariendo los frutos que se
transformarán en un suculento caldo, vida de otra vida.
Los
agricultores se pusieron en marcha para hacer la faena. En La Mancha, las cepas
son muy bajitas, el trabajo de la poda es duro ya que hay que agacharse mucho y los riñones, toda
la parte lumbar, sufre bastante.
Los
amigos se dirigieron a la viña. Se habían preparado un buen almuerzo. Con el frío el hambre era doble, tenían que
estar bien alimentados para llevar a cabo tanto trabajo. El día estaba muy
claro, el sol quería calentar con sus tímidos rayos la meseta pero le costaba,
se apoderaba el frío y las manos se quedaban heladas, de vez en cuando dejaban
las tijeras y se las frotaban con fuerza una contra otra para que entrasen en el
calor necesario para poder mover las “podadoras”.
Se
movían rápido y sin apenas darse cuenta habían “apañao” más de la mitad, casi
no podían ponerse en pie. Se miraban y se reían - ¡se notan los años! – ¡cuando
éramos jóvenes no nos dábamos cuenta y lo teníamos hecho pronto, ahora, nos
cuesta más!
El
más joven caminó hasta dónde tenían la bota de vino, echó un trago y llamó al
compañero - ¿qué… comemos ya? – ¡bueno cuando quieras! – contestó el otro
podador.
Se
sentaron dentro de la caseta dónde guardaban las herramientas, tenían una
pequeña mesa y dos sillas todo viejo a causa de los años y del lugar dónde
estaban.
Todavía
se conservaban calientes las fiambreras, pero no obstante hicieron un pequeño
fuego y las calentaron un poco más. También les servía para entrar ellos mismos
en calor. Comieron ávidamente, hablando de los mil temas del campo. Como
siempre eran los más “pobres”, según ellos, los que menos subvenciones tenían y
aquello era un trabajo duro, muy duro.
Terminaron
aquella comida y se pusieron de nuevo al trabajo, el viento cada vez era más
fuerte y el polvo les cegaba – ¡no vamos a poder terminar! Esto cada vez es más
fuerte, con lo bien que estaba el tiempo cuando hemos venido.
Tuvieron
que guardar todos los aperos, limpiaron bien las tijeras de podar y se
encaminaron al pueblo. Los podadores no pudieron terminar la jornada. Eso tiene el campo en el otoño manchego.
Higorca
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