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OBRAS OLEO/TELA, DE JOSE HIGUERAS

ACUARELAS SOBRE EL AGUA DE JOSE HIGUERAS

LA EPIDEMIA AZUL

LA EPIDEMIA AZUL
Portada: Higorca

lunes, 20 de mayo de 2013

COCINA EXTREMEÑA

Óleo/tabla, medidas: 65 x 81 cm., año 2007, autor: José Higueras Mora 

Habían pasado muchos años. Ahora estaban de nuevo en esa tierra que les parecía desconocida. Eran muy pequeños cuando sus padres decidieron partir a buscar un trabajo mejor a otro país. Allí era muy difícil poder vivir, no tenían ni lo más básico. Fue una decisión dura… pero acertada.
Ellos fueron creciendo, acudiendo al colegio, aprendiendo el idioma. Apenas se dieron cuenta del cambio experimentado. Lo peor fueron sus padres que tuvieron que trabajar duramente para sacarlos adelante. No era fácil estar en un lugar desconocido, sin familia, con otro idioma…
Al principio no podían volver ni aún en vacaciones. Era preciso ahorrar para luego poder llegar con algo de dinero y conseguir de nuevo todo lo que habían perdido.
Así fue, pasados tres años de nuevo volvieron a su tierra, al lugar que les vio partir. Todo les parecía raro, distinto, en cambio todo estaba igual. Todo menos la familia, aquellos padres y abuelos habían envejecido. Mirándolo bien no era mucho tiempo pero… quizá el sufrimiento al saber que sus hijos estaban lejos.
Así fue pasando el tiempo, los años. Se acostumbraron a estar en aquel país tan distinto al suyo, pero dónde les habían acogido muy bien. Se sentían en su casa, con los mismos amigos del principio, y ahora ya venían todos los años a su pequeño pueblo extremeño.
Un día recibieron un telegrama con una mala noticia, la abuela había fallecido. Tenían que venir. Ya solamente quedaba ella de todos los mayores. Después del entierro de nuevo el regreso a su casa, al rincón que ahora era como suyo.
De nuevo estuvieron unos años sin volver ¿para qué? Ya no quedaba nadie de ellos, todos estaban fuera, cada hermano por un lado del mundo. No era fácil llegar y encontrar aquella casa sin nadie.
Un verano, cuando ya el tiempo casi había curado la herida decidieron tornar.  Al abrir la puerta un fuerte olor les descubrió todo el polvo que había. Olía a cerrado, a soledad, entraron, miraron por todo, seguramente no podían dormir allí aquella noche, debían limpiar bien. Dejaron las maletas y se dispusieron a preparar todo, entre todos. Abrieron las ventanas. Era necesario ventilar. Aquel olor traía recuerdos del pasado.
Entraron en la cocina, al abrir la ventana vieron la mesa. Estaba intacta, como si alguien hubiese estado limpiando aquel trozo todos los días.
La mesa dónde acostumbraban a comer sus padres siempre, al mismo tiempo que la utilizaban para poner las cosas de la cocina, de esa forma la abuela se encontraba más cómoda. En ella la sartén estaba en su sitio, la aceitera aún guardaba el mismo aceite, los membrillos del jardín se habían conservado como si estuvieran recién cogidos del árbol. La abuela tenía costumbre de dejar uno dentro de aquella enorme copa que siempre le había gustado a la nieta cuando era pequeña. La calabaza del abuelo, colgada en la vieja pared. Miraron… no se atrevían a tocar el pan, parecía estar tierno. Se acercaron y pudieron comprobar que estaba como una piedra, pero eso sí, no había perdido el color, era como si aquello hubiese permanecido esperando a que llegaran ellos para recordar que allí estaba su casa, su lugar, sus recuerdos.
Aquella noche el matrimonio hizo nuevos planes, estuvieron hablando largo rato. Por la mañana hablarían con sus hijos. Eran mayores, habían crecido, tenían unas carreras, sus parejas. Todo marchaba bien ¿para qué esperar entonces?
Se sentaron en la mesa para desayunar, el humeante café desprendía un acariciante aroma, además del pan tostado recién hecho.
Hablaron los padres ¡hemos pensado que nos quedamos aquí! Ahora ya sois mayores, no necesitáis de nosotros. Este es nuestro hogar, nuestro lugar. Dejaron de desayunar y se miraron desconcertadamente. No tuvieron contestación que decir, al fin y al cabo tenían derecho a pensar así. Habían luchado mucho. Ahora ya les había llegado el momento de descansar y ¿dónde mejor que en su rincón extremeño? La casa que fue de sus ancestros.
Se levantaron, y simplemente les dieron un fuerte abrazo. Aquella mesa, en la cocina con todos los componentes intactos les había indicado donde estaba su lugar.

Higorca


sábado, 27 de abril de 2013

DOS FILANTROPOS EN LAS TABLAS DE DAIMIEL 21/04/2013

Alejandro y José Higueras Mora en el Molino Molimocho

El río Guadiana entrando en Las Tablas de Daimiel


 Pisar las tablas esta primavera es sentir como… que algo ha vuelto a renacer. Cuando vine a conocer, a vivir a esta tierra, mi mayor desilusión fue ver el río Guadiana a su paso por Alameda de Cervera.
Estaba seco total – ¡es que pasa por debajo del suelo! – me dijeron. Por el subsuelo, me dieron a entender.
¡No comprendí muy bien ya que podía ver el cauce por dónde debía correr su agua! Pasaron los años y al final me creí aquello. Aún pensando el porqué un río tan caudaloso por el resto de España podía estar seco en su principio – ¡Más allá están los ojos que vuelve a salir! – en fin las gentes del lugar debían saber mucho más que yo.
Claro que llegamos en los años más secos de La Mancha, quiero decir años que llovieron muy poco.
Más tarde me aficione a visitar todos los humedales manchegos. Me gusta el agua, soy de agua. Me siento feliz cuando puedo ver que hay vida dentro de ella. A veces en un simple charco vemos como miles de pequeñísimos “animalillos”, parece que están jugando al “corre que te pillo”.
Claro que pensar que La Mancha es un lugar seco es no conocer bien la tierra. Podemos encontrar un sin fin de lagunillas, lagunas, charcos, tablas, etc. parecen ojos salidos de un fondo.
Habitamos justamente entre las lagunas de Villafranca de los Caballeros y las Tablas de Daimiel. Las dos las visitamos por igual. Me gusta sentarme dónde pueda ver el atardecer dorado. Atardeceres inmensos, de un cielo inigualable, solamente molestado por las aves que presurosas llegan buscando su lecho de amor entre los árboles que podemos encontrar en las pequeñas islas que hay dentro de las magnificas tablas.
Ahora el Guadiana está contento al inundar tan hermoso lugar, sus aguas corren raudas dejando su rastro, dando vida, alimento a tantos seres vivos como protegen. Entrar y tener la oportunidad de pisar sin lastimar tanta belleza.
Creo que…  me pareció notar como los viejos y cansados tarayes que yacen en el suelo, sonreían al sentir el beso del agua en sus pies, dando la bienvenida a las nuevas hijas, a las nuevas ramitas, resistiendo morir.
El Guadiana nos hace feliz. Sus aguas se pierden abajo buscando otras tierras, dando riqueza a su paso.
Mientras podemos ver unas cuantas canoas paseando por él, jóvenes que están festejando una primavera inusual en esta rica y hermosa tierra.


Higorca 

martes, 23 de abril de 2013

MI AMOR POR LOS LIBROS

Óleo del maestro José Higueras Mora


Sobre la mesa un montón de libros. Se puede escoger uno y empezar a leer. Cualquiera es bueno. El niño no sabe cual elegir, quizá espera que el padre le ayude a escoger.
Mira a un lado y al otro, no hay nadie y…
Por fin se decide por uno al mismo tiempo que se pregunta - ¿será de aventuras? Empieza a hojear primero. Lee alguna estrofa entre una página y otra. Parece que le gusta. Mientras… el padre mira sin ser visto. Está cansado de ver a su hijo jugar a los marcianitos y mirar la pantalla de la televisión.
Nunca le ha visto con un libro en las manos - ¡con lo importante que son! – musita el hombre - ¡Tengo que cambiar esto!
Sube a la buhardilla dónde guarda los libros que él leía cuando era pequeño, están llenos de polvo, cogiendo unos cuantos los limpia para ponerlos sobre la mesa esperando que aquel joven se atreva a tocar alguno ¡Simplemente eso tocar las tapas de uno!
Después de mirar y leer unas cuantas palabras el muchacho, se acomoda en un sillón y empieza por el final - ¡Excelente! Piensa el padre, ha empezado bien, como todos. Así se empieza cuando se coge el primer libro, se leen las últimas hojas y después…
Le gustan al chico aquellas aventuras de los Cinco. Claro que son de su padre cuando era como él… ¡no, mucho más joven! Entonces no había televisión todavía se disfrutaba con los tebeos, o los libros, muchos sentados en la acera - ¡no había tantos peligros como ahora!
El padre entra en la habitación, tan ensimismado esta el muchacho que ni se da cuenta de su “intromisión”, él lo mira atentamente, por un momento se siente orgulloso de su hijo y de su “hazaña” al poner los libros sobre la mesa sin decir nada, de lo contrario estaba seguro que no le hubiese hecho caso y no lo hubiera tocado. Él quería eso, que tocase el papel, que notase el aroma de un libro y sobre todo de esos que tantos recuerdos tenían.
Uno le vino a la memoria, estaba seguro que también conservaba la lupa de su padre, la buscaría.
De pronto el hijo levanta la cabeza y se da cuenta de su presencia, sonríe tímidamente no sabe si eran para él o está cometiendo algo grave pregunta enseñando lo que tiene entre las manos - ¿puedo?
El padre se acerca y sentándose a su lado le hace un gesto afirmativo para decir - ¡claro, es un regalo, hoy es el día del libro, disfruta de la lectura y no lo olvides: un libro entre las manos es un enorme tesoro! Le da un beso en la frente y sale sonriendo, por esta vez ha ganado la cordura ¡espero que siga para siempre!

Higorca

jueves, 11 de abril de 2013

SOBRE LA MESA

Óleo del maestro José Higueras Mora

La tarde avanzaba, el otoño estaba cerca y los árboles ya lo notaban. Sus ramas se iban quedando desnudas y el suelo estaba cubierto por una alfombra marrón que al pisar parecía que alguien se lamentaba.
Los hombres habían ido a pescar, querían quedarse a pasar la noche en la vieja casa que tenían cerca del río. Les gustaba de vez en cuando quedarse en la soledad del lugar. Cada uno con sus pensamientos parecía que estaban haciendo un repaso a su conciencia.
Al llegar a la casa encontraron unas cuantas cosas que todavía seguían en el mismo sitio que los pusiera la abuela ¡De eso hacia unos cuantos años!
Recordaban todo muy bien. Aquella botella era de vino- ¿no recuerdo quien se la regalo?- habían brindado en su cumpleaños – ¡creo que fueron ochenta y cinco! - luego ella la guardo vacía como si hubiese sido el mejor de los regalos. Todavía seguía en el mismo sitio, nadie se atrevía a tirarla y eso que había pasado mucho tiempo de la muerte de la abuela.
Aquella jarra de bronce les trajo una sonrisa, a la abuela le gustaba tanto que siempre la  colocaba en la mesa con unas flores. - Era su decoración favorita –
Salieron al jardín el limonero estaba cargado de fruto, fueron a buscar un frutero y lo llenaron. Tenían una fragancia sin igual, la casa se inundo de ella. Lo pusieron sobre la mesa antigua – espera ponemos un paño de cocina, lo juntamos todo y hacemos una foto, seguro que a mamá le hace ilusión.-
Abrieron un cajón, todo estaba en orden, bien puesto, sacaron uno de aquellos paños.Colocaron todo sobre ello, hasta el pescado de la cena, quedaba bien, de pronto sus ojos tropezaron con una cebolla que ya se había “grillado”, también la pusieron. Arrimaron la mesa debajo de aquella ventana que hacía muchos años que no se abría.
Miraron bien el ángulo, era una buena máquina de hacer fotos. Les gusto, hicieron varias. Era un buen bodegón.

Higorca

lunes, 11 de marzo de 2013

RECORDATORIO 11 DE MARZO, 2004,

Óleo de José Higueras Mora

 Silencio… silencio… todo calla hoy…
Oraciones se oyen como un murmullo
en el andén aquel…
¿Qué fue lo que paso ayer?
¡Aún recuerdo!
Lo llevo grabado en mi piel.

Gritos, fuego, estallidos, sufrimiento
¿Qué está pasando en el andén?
¡Recuerdo que me pregunté!
¡No fue solo una vez!
¿Por qué grita la gente
porque corren también?
Fuerte olor… ¡a muerte se nota que es!
¿Quién pudo ser, porque?

y… pasan los años
y… todos miramos recordando el ayer,
miramos al pasar por el andén.
De todos los labios en susurros,
sale una oración, una plegaria,
y… un beso también
¿Cuántos dejaron su cuerpo
en el tren aquel?

¿Cómo no recordar el dolor
de un once de marzo?
¡me siento estremecer!
¡Lo recuerdo tan bien!
Sentía su agonía sin estar allí.
desdichado atentado aquel
que inundo de sollozos
¡Un tren, otro, y otro también!

Gritos, más gritos, llantos en el andén
Madres que buscan sin encontrar
Padres que esperan respuestas
Hijos que ya nunca besos recibirán
de unos padres… que no volverán
Hierros, más hierros, amasijos…
Azufre… el aire era azufre irrespirable
¿cómo se puede masacrar así?
¡No tengo contestación porque
todavía siento en mi el dolor!


Higorca

jueves, 7 de marzo de 2013

MITAD HOMBRE, MITAD CABALLO

Óleo de José Higueras Mora

Vuela figura mítica…
Mitad hombre, mitad caballo,
¿Eres mitología? O ¿Verdadera?
Cruza las nubes, entra en un reino.
Dónde la verdad sea dicha


Absorta miraba como por el horizonte aparecía una nube algo rara ¿Qué me está pasando? Se preguntó la muchacha que estaba sentada en un banco con un libro en la mano.
Había ido a leer un rato en aquel maravilloso parque que había en el pequeño pueblo dónde pasaba las vacaciones de verano.
La playa estaba  a pocos metros de su casa, pero eso era por la mañana, le gustaba madrugar para bucear con tranquilidad, cuando el mar estaba en calma y apenas había gente.
La tarde era distinta, cuando el calor bajaba solía coger un libro y sentarse a la sombra de aquellos arcaicos árboles.
Pero aquella tarde algo raro estaba pasando, de nuevo miro al cielo, la nube se estaba despejando y pudo ver con claridad la imagen que se acercaba a ella.
Era un caballo… un hombre… ¿qué era aquello?
De pronto vio como bajaba… y ahora sí, ahora veía lo que era en realidad.
¡Un hombre caballo! ¿Lleva a una mujer? ¡Cuánta belleza! De nuevo emprendieron la subida, claro no podían chocar con la torre del reloj ¿a dónde se dirigirán? Era todo tan raro. Cada vez estaba más intrigada. De nuevo volvían hasta dónde se encontraba ella ¿qué querían decir, o hacer?
No se daba cuenta que estaban paseando por el cielo de un azul purísimo, era hermoso ver aquel “cuadro” de una belleza sin igual ¿quién serían? ¿Cómo era posible que un hombre con medio cuerpo de caballo y unas alas paseara a una muchacha?
No entendía nada, pero retrocedió unos años en su mente y recordó aquel libro que un día le entusiasmo ¡era de mitología! Lo recordaba perfectamente ¡era un Centauro! ¡Un bellísimo Centauro con su enamorada!
No sabía si era real, o estaba soñando. Eso sí era una imagen preciosa. Agacho la cabeza le dolía la nuca de tanto mirar al cielo, la sacudió con fuerza. Se levantó preparándose para marchar a su casa. Estaba confusa. No lo olvidaría nunca. De pronto noto que no podía caminar, se encontraba volando, veía todo el pueblo desde arriba, no llevaba ropa y no tenía frío. Noto un suave calor cerca de ella. No se atrevía a moverse, se sentía segura.
Un timbre agudo y persistente sonaba muy cerca de su oreja. Se desperezó y abriendo los ojos se dio cuenta que ya era de día, el sol empezaba a salir. Se levantó y descalza se asomó a la ventana. El cielo estaba limpio, azul, sereno. Indudablemente no había nada raro en el.
Miró a su alrededor y todo estaba bien, igual que todos los días. De pronto escucho una voz que la llamaba ¡Ya voy mamá!
Todo había terminado, suspiro diciendo ¡un bello sueño!

Higorca

jueves, 17 de enero de 2013

EL NIÑO ESCARABILLERO

Óleo de José Higueras


Se quedaba absorto mirando a su alrededor. El escarabillero, solamente era un niño. A sus ocho años ya sabía muy bien lo que era pasar hambre.
Eran los años de la posguerra en España. Había poco dinero, poca comida, poco de todo. Si a eso se le añade que el cabeza de familia era un poco inestable, todavía resultaba más difícil la vida.
Por eso en aquella casa todos los miembros de la familia desde que apenas empezaban a “balbucear” debían arrimar “el hombro”. No importaba niño o niña. Lo más importante era comer y para eso era necesario tener un poco de dinero, y para conseguirlo había que trabajar.
En el lugar donde vivía, se explotaban unas minas de carbón. En  aquella época era la energía que más se utilizaba para guisar, y para calentarse en el frío invierno que por aquellos montes tenían.
La familia no tenía dinero para comprar aquel preciado mineral. Solamente había otra forma de poder obtenerlo, además también, de poder vender a todos aquellos que lo necesitaban y se lo pedían. Una buena forma de conseguir unas monedas, y poder adquirir un poco de comida.
Después de desayunar (Cuando había en su casa leche, que no era todos los días) la madre de Luisito, lo lavaba y lo peinaba ¡Eso sí! Ya que era imprescindible enseñar una educación a los hijos aún siendo muy humildes. Así, después del aseo su madre lo mandaba a escarabillear iba a la puerta de la mina o por los alrededores.
El niño cogía una espuerta de esparto que pesaba más que él y arrastrándola se iba a buscar aquellos pequeños trocitos de carbón. Era cómo migajas de aquel negro combustible. Así pasaba toda la mañana para volver al mediodía a casa donde poder comer un plato de arroz con una patata, la más de las veces sin ningún tipo de grasa, ni aceite.
Por la tarde la madre vendía la parte más importante de aquellas pequeñísimas piedras que cuando estaban al sol brillaban intensamente, tanto que se podían confundir con pequeños brillantes ¡qué suerte hubiera tenido aquel niño de encontrarse un trozo de aquella preciosa piedra! Pero la realidad era otra muy distinta. La pobreza reinaba en su humilde casa.
Su madre nunca le llevaba sucio, y mucho menos con manchas. Aún con los pantalones llenos de remiendos, los planchaba. Los domingos y días de fiesta, llevaba otros nuevos que su madre le hacía quedándose por la noche a coser.
Cuando otras personas le daban ropa ya usada, pero que se les había quedado pequeña a ellos, o a sus hijos, ella con todo cariño las descosía, y aquellas piezas las ponía a medida de su hijo. Pantalones, camisas y muchas veces abrigos o chaquetas.
Luisito se daba cuenta de ello y ayudaba todo lo que podía ya que su padre pasaba largas temporadas fuera de casa, sin saber nada de su paradero. Mientras que su madre lavaba ropa de los lugareños. La avisaban para que pasase a recogerla luego iba a un lavadero que había en las afueras de aquel pueblo, lo peor era el invierno, tenía que romper el hielo para poder lavar. Llegaba a casa con las manos moradas de tanto frío. Una vez seca toda la colada, la planchaba y entregaba de nuevo a cada una de aquellas casas.
Era una vida muy dura. Luisito casi no tenía tiempo para jugar, pasaba largas temporadas sin ir al colegio. Cuando no hacía una cosa era otra, pero lo importante era esa pequeña ayuda que él aportaba a su casa. A su madre, que tanto quería.
Una mañana de aquel verano intensamente caluroso. Unos cuantos chicos llegaron a la boca de la mina, todos llevaban una cesta o cubo para llevar el carbón a su casa, se conocían y jugaban muchas veces en la calle con las canicas o simplemente con un trozo de madera que, según ellos era la espada.
Al lado de la mina había un río ¿Un río o un pantano? Normalmente no había ningún peligro. Muchas veces se bañaban y jugaban dentro del agua. También aquella mañana, decidieron que se bañarían, acostumbraban a tirarse por las paredes del embalse como si de un tobogán se tratara. Los niños se reían y hacían carreras para ver quien llegaba primero abajo, y luego subía antes.
Aquella mañana cuando el primero de ellos, que era Luisito, por ser el más atrevido, estaba ya abajo, abrieron las compuertas y el agua contenida salió con una rapidez impresionante. Los amigos miraron a ver si su amigo que se encontraba en el fondo se veía. Era imposible, y Luisito no podía salir, parecía como si un pozo se lo quisiese tragar.
Miraba para arriba y veía una luz muy blanca. – ¡Creo que durante un buen rato! - O ¿fueron minutos, segundos… y a él le parecieron horas? Escuchaba a lo lejos como sus amigos lo llamaban.
Agarrándose a las paredes como pudo y guiado por la luz y los gritos fue saliendo. Cuando ya llegaba arriba noto como unas manos tiraban de él. Extenuado cayó al suelo sin sentido y completamente morado.
Fue difícil hacer que volviera en sí. Los niños seguían, y seguían moviéndolo para que les hablara, no se atrevían a correr para ir a pedir ayuda, tampoco querían que se enteraran sus padres. Al final Luisito volvió en sí, abrió los ojos y miro a su alrededor, sin pensarlo se puso en pie y se encamino a su casa.
Aquel día llego tarde y sin carbón. La explicación que dio fue que no había encontrado ninguna de aquellas piedras. No quiso comer, no podía. Pidió  permiso y se acostó ¿qué raro? Pensó su madre.
La realidad es que nunca llego a enterarse de lo ocurrido. Luisito creció y se cambiaron de región. Pudo ir al colegio y aquello quedo en una tremenda aventura que le causo un fuerte trauma, jamás se acerco al mar.

Higorca


viernes, 28 de diciembre de 2012

LOS PODADORES


Óleo sobre tabla, dimensiones: 116 x 89 cm. Año: 1994, Titulo: Los Podadores
Autor: José Higureras Mora
24 Salón Internacional de Artistas Belgas – Gran Premio Internacional A. E. A. 
Con Medalla de Vermeil en Homenaje a su valor artístico, Ciney (Bélgica)
1994:Gran Premio Internacional A.I.A.C. Medalla de Oro, Montigny-le-Tilleul (Bélgica)
1994: Gran Premio del Salón Internacional por los Servicios Rendidos a la  Causa de Ciencias, Letras y de las Artes. París (Francia) 


Era el otoño manchego. El frío se había instalado en el lugar. Había pasado ya un tiempo después de la vendimia. Ahora tocaba podar las cepas. Aún conservaba el aíre el olor característico del mosto recién hecho. En cambio las cepas yacían en sufrimiento. Habían perdido los hijos que las mantenían lozanas, frescas, con las hojas brillantes llenas de vida. Estaban pariendo los frutos que se transformarán en un suculento caldo, vida de otra vida.
Los agricultores se pusieron en marcha para hacer la faena. En La Mancha, las cepas son muy bajitas, el trabajo de la poda es duro ya  que hay que agacharse mucho y los riñones, toda la parte lumbar, sufre bastante.
Los amigos se dirigieron a la viña. Se habían preparado un buen almuerzo.  Con el frío el hambre era doble, tenían que estar bien alimentados para llevar a cabo tanto trabajo. El día estaba muy claro, el sol quería calentar con sus tímidos rayos la meseta pero le costaba, se apoderaba el frío y las manos se quedaban heladas, de vez en cuando dejaban las tijeras y se las frotaban con fuerza una contra otra para que entrasen en el calor necesario para poder mover las “podadoras”.
Se movían rápido y sin apenas darse cuenta habían “apañao” más de la mitad, casi no podían ponerse en pie. Se miraban y se reían - ¡se notan los años! – ¡cuando éramos jóvenes no nos dábamos cuenta y lo teníamos hecho pronto, ahora, nos cuesta más!
El más joven caminó hasta dónde tenían la bota de vino, echó un trago y llamó al compañero - ¿qué… comemos ya? – ¡bueno cuando quieras! – contestó el otro podador.
Se sentaron dentro de la caseta dónde guardaban las herramientas, tenían una pequeña mesa y dos sillas todo viejo a causa de los años y del lugar dónde estaban.
Todavía se conservaban calientes las fiambreras, pero no obstante hicieron un pequeño fuego y las calentaron un poco más. También les servía para entrar ellos mismos en calor. Comieron ávidamente, hablando de los mil temas del campo. Como siempre eran los más “pobres”, según ellos, los que menos subvenciones tenían y aquello era un trabajo duro, muy duro.
Terminaron aquella comida y se pusieron de nuevo al trabajo, el viento cada vez era más fuerte y el polvo les cegaba – ¡no vamos a poder terminar! Esto cada vez es más fuerte, con lo bien que estaba el tiempo cuando hemos venido.
Tuvieron que guardar todos los aperos, limpiaron bien las tijeras de podar y se encaminaron al pueblo. Los podadores no pudieron terminar la jornada. Eso  tiene el campo en el otoño manchego.

Higorca

miércoles, 5 de diciembre de 2012

PRECIOSO OTOÑO

Óleo del maestro José Higueras Mora


Salgo al jardín y me parece pisar una mullida alfombra. Mil colores bajo mis pies atenúan los pasos. La higuera ya esta deshojando, el otoño le ha hecho mella. Sus hojas de un verde brillante, ahora se han vuelto de muchos colores, amarillas, rojas, marrón…
Miro el laurel y lo veo verde, profundo, altivo, de una considerable altura. Parece junto al ciprés, los guardianes del lugar. Ellos no se quedan nunca esqueléticos, al revés parece que el frío les da mejor color parece querer dar envidia, están junto al albaricoquero que ahora sus hojas caducas van cayendo de un amarillo precioso.
Y las adelfas sin flor parecen tristes al ver que los rosales tampoco dan “hijas”, ni aroma. Al lado tiene una ruda enorme con esas hojas de un verde azulado, tersas, limpias. Dicen que si alguien llega a tu casa con malas intenciones, o con envidia, la planta se seca ¿puede ser verdad? Como dicen en Galicia “creer se puede o no, pero haberlas haylas”.
Justo en la valla las hojas de la parra virgen están llenas de sangre, casi color purpura, para luego caer inertes sobre unos lirios que forman un gran macizo y que ahora acusan la estación en la que estamos.
En cambio la hiedra esta magnífica, resplandece, parece decir que a ella no le importa el frío, ni el cambio de estación.
¡Hay tantos árboles juntos y unidos! ahora con esa alfombra multicolor no se pueden ver las elegantes violetas, tienen un verde distinto, pero son tan humildes que apenas se dejan ver, eso sí, les gusta invadir todo, ellas se creen como dueñas del jardín.
Piso muy despacio para no dañar esas hojas que a mi paso crujen y parece que sea un llanto ¡el llanto de la muerte! para ellas se termina la vida, llegara el invierno y las ramas de los árboles además de desnudas nos parecen como desprovistas de amor para resurgir otra vez en plenitud indicando que ellas son la vida.

Higorca


martes, 25 de septiembre de 2012

UNA NOCHE INESPERADA

Óleo sobre lienzo, dimensiones: 130 x 98 cm., titulo: Cántaro, año: 1992 
Autor: José Higueras Mora



Una pintura gris. Un pan más bien duro. Un limón medio “pelar”. Frutas sobre la mesa. Una navaja abierta. Una botella o garrafa de cristal fino, y destacando como figura principal un cántaro.
Esos cántaros que años atrás se utilizaban para ir a buscar agua a los pozos o fuentes públicas, quizás por no tener agua corriente en casa. Era muy utilizable. En todas las casas manchegas se encontraban.
El pintor reunió unas cuantas cosas antiguas para “animarlas” con los vivos colores de la naturaleza.
Esta obra tiene un recuerdo inolvidable. Las medidas considerables del bodegón atraía vivamente a los llamados “nuevos ricos”.
El maestro llevaba un buen tiempo estudiando, experimentando, y recluido en su casa estudio. No quería vender y al mismo tiempo necesitaba seguir viviendo. “Los ahorros iban dando los últimos coletazos”.
Era viernes por la tarde y habían ido a verlos unos amigos que vivían en Madrid, iban a pasar el fin de semana “al pueblo”. Sabedores que llevaban mucho tiempo trabajando para tener preparada una buena exposición en el corazón de Francia y Bélgica. Y sabiendo que siempre se tiene que hacer el doble de obras para poder escoger bien cada una de aquellas que se van a colgar en la muestra. Les invitaron a cenar el sábado.
Era época de caza y siempre caía alguna liebre. Los hombres se encargaban de guisar un buen arroz. ¡Claro que a las mujeres no les gustaba ese plato! entonces ellas se preparaban otra cosa. “Ellas en un lado, ellos en otro”.
Ya era tarde cuando salieron de casa, hacía frío, se abrigaron y subieron la cuesta que les llevaba hasta dónde se iba a celebrar “la pequeña fiestas”.
Cuando llegaron ya estaban todos los participantes de la misma, habían preparado dos liebres, los hombres se frotaban las manos pensando en aquel ágape.
Cuando llegaron, el maestro se dio cuenta que con las prisas se habían dejado unas botellas de vino sobre la mesa. Se disculparon y volvieron de nuevo a la casa estudio, a fin de cuentas todavía la carne estaba bastante dura y por lo  menos una hora faltaba. Ellos no iban a tardar tanto.
Bajaron de nuevo la cuesta, entraron en casa para recoger lo olvidado. De pronto suena el timbre de la puerta. Al abrir se encuentran con una pareja joven, los conocen son del pueblo. Le extraña aquella visita a esas horas, es tarde y el tiempo no acompaña ¿Qué pasara?
Después de franquear la puerta para que pasaran, tienen un pequeño dialogo y les dicen que quieren ver algo de obra, quieren ver los cuadros. Mejor, están interesados en comprar varios cuadros.
No tardan en ver lo que quieren, les gustan los bodegones pero… - ¿son pequeños? - Pregunta la dueña de la casa.
Se acuerda del bodegón gris con una navaja que tiene sobre la cama y que francamente no es de los que más le gusta. Les hace pasar a la alcoba. Ellos lo miran y quedan encantados con ese cuadro.
-       ¡¡Es una maravilla!! ¡Nos lo quedamos!
Sacaron el talonario, lo pagaron y se lo llevaron, quedando para el lunes que volverían de nuevo ya que necesitaban otros más pequeños. El pintor les ayudo a sacarlo y entrarlo en el enorme coche que llevaban ¿qué extraño? ¡No querían que los viese nadie! Incomprensible ser nuevo rico.
Creo que nunca he tenido menos frío que aquella noche, cogimos las botellas y muy contentos nos dispusimos a subir aquella cuesta de nuevo. Iba contenta, llena de júbilo.
Me había deshecho de un cuadro que no me gustaba por la navaja y que lo tenía sobre mi cabeza todas las noches, y… además me había dejado un buen “dinerito” que me ayudaba a pasar un montón de tiempo.
Ahora cada vez que veo la foto del mismo, le doy las gracias por la ayuda.

Higorca



sábado, 18 de agosto de 2012

BANDUJO (Asturias)

Óleo sobre lienzo, Titulo: Bandujo, Autor: José Higueras



Deseaban pasar las vacaciones en un lugar dónde se pudiera estar fresco. Pasear al atardecer, y ver las puestas de sol con una toquilla sobre los hombros.
El calor era asfixiante en el lugar donde habitaba aquella pareja de caminantes. No se podía salir a ninguna hora del día, ni tan siquiera era pensable por la tarde.
Habían preparado aquel viaje con ilusión. Sabían bien del buen clima y la buena gastronomía de aquel trozo de la Península. Esa era la razón por la que habían elegido ese pequeño lugar.
Llegaron a media tarde, dejaron las maletas en su sitio deseando salir a ver el campo y el atardecer del que tanto les habían hablado.
Era verdad, el clima era mucho mejor. Se podía ver como los montes estaban todos verdes, y las flores todavía tenían el brillo de la primavera, eso estando ya en el mes de agosto. Caminaron un rato mirando, inspeccionando todo aquello que les acogería durante unos días.
Pudieron ver como las casas eran de piedra, parecía uno de aquellos pueblos de cuento medieval. Algunos hórreos de madera, techados de obra dando como un poco de pena al ver que estaban medio derruidos a consecuencia del paso del tiempo.
Se miraron, estaban cansados. El viaje, la caminata… aquel pequeño pueblo tenía muchas cuestas, arriba, abajo… mejor ir a cenar y después a dormir. El día había sido muy largo, el cansancio se dejaba notar.
Vieron un pequeño restaurante, parecía familiar. Miraron por dentro, se veía limpio. Eso era muy importante, la limpieza. Entraron, una chica joven se acerco hasta ellos. Les saludo y pregunto con mucha amabilidad _ ¿Qué desean? _ Nos pueden preparar un poco de cena? _ Con mucho gusto_ contestó la joven mientras les invitaba a sentarse en una mesa.
La muchacha, saco una libreta de su bolsillo y leyó en voz alta lo que tenían. Pidieron y mientras esperaban a que estuvieran hechos los platos, tomaron un culin de sidra con una buena “tapa” que les habían servido.
-          ¡Extraordinaria la sidra! Tiene un sabor diferente tomada aquí. _ dijo el hombre.
-          ¡Es verdad! También yo lo he notado.
Cenaron tranquilamente. Al parecer no les gustaba que terminara aquel día. Allí se respiraba muy bien, hasta el aire tenía un aroma distinto, se notaba el dulzor del tomillo, del romero, de la salvia y tantas otras hierbas aromáticas que crecían en aquellos montes.
El día había pasado volando, o ¿les había parecido a ellos? Ahora llegaba el momento del descanso. Salieron del pequeño salón para dirigirse a la habitación correspondiente. Desde la ventana unos ojos brillantes les miraban era el búho en una de las ramas del árbol cercano. Les pareció el vigía del bosque. El rey de aquellos lugares.

Higorca 

viernes, 20 de julio de 2012

OSTRAS

Óleo sobre tela de lino, pintado en el año 1992 por el maestro José Higueras



Los cazadores habían salido por la mañana temprano. El camino era largo hasta llegar al monte. Los perros ya sabían dónde iban. Estaban acostumbrados y mientras esperaban a que los subieran en el remolque, ladraban y saltaban llenos de gozo. Les debían gustar las carreras que se daban en busca de la presa.
Las perdices y los faisanes, intuían lo que se les venía encima, y, se temían lo peor, trataban de esconderse para que los perros, y sus amos no les viesen y de un “tiro les segasen” la vida.
La mañana era cálida, el sol estaba justo encima. Todo parecía tranquilo y ellos, los cazadores, caminaban y caminaban en pos de la presa deseada.
Entre ellos hablaban pero eso sí en voz muy baja para no espantar a los “bichos”.  Después de mucho caminar, vieron como asomaba una pequeña cabeza entre unas matas, prepararon las escopetas para tirar con certeza, estaban quietos, muy quietos, inmóviles.
Salió confiadamente la perdiz de su escondrijo, de pronto un estruendo sonó con fuerza. El pobre animal cayó al suelo sin remisión. El perro salió corriendo en pos de la pieza para entregársela a su dueño. Este la colgó del cinturón y siguieron camino adelante.
Así toda la mañana, caminaban kilómetros y kilómetros hasta que conseguían las piezas deseadas. Al mediodía, cansados y con una buena cantidad de ellas, entre perdices y faisanes, recogieron los perros, los metieron de nuevo en el remolque y camino de casa.
Mientras ellos cazaban, otros habían ido al mar de pesca, bueno mejor a coger algo muy sabroso. Ostras, unirían las dos cosas para hacer una buena comida. En la casa las mujeres se afanaban para cuando llegaran los cazadores.
Los estaban esperando. Sobre la mesa una buena fuente de aquellas conchas, arrugadas pero frescas, y vivas, ricas y apetitosas. Dejaron la caza y se sentaron para dar buena cuenta de aquella comida.
De primero, y como aperitivo aquel exquisito marisco regado con un delicioso limón. De segundo, perdices escabechadas. Abrieron unas botellas de buen vino: blanco por un lado, tinto por otro. Buenos acompañantes para ambas cosas.
La tertulia estaba en “marcha” los hombres daban cuenta del ágape mientras hablaban de todo lo acaecido por la mañana.
Así pasaban las jornadas en la época de salir a cazar, luego llegaba la veda y todo cambiaba. También se reunían pero menos, era cuando aprovechaban para ir a lo mejor de vacaciones. La caza, era muy importante para ellos, decían que nunca se debía matar a un animal por el simple hecho de hacerlo, debía preservarse siempre todo aquello que nos rodea para seguir teniendo vida a nuestro alrededor.

Higorca

sábado, 14 de julio de 2012

LISBOA CIUDAD DE ENSUEÑO

Óleo del maestro: José Higueras - Titulo: Patio Lusitano




Habían llegado a Lisboa. El encargo era importante y debían tener todo el material puesto a punto y a la perfección, para el día indicado.
Pero… antes querían visitar de nuevo la capital. Cada vuelta les apasionaba más. Tenía todo ese sabor dulzón y tradicional, era antigua, bella, romántica y bohemia a la vez. Lisboa tenía todas esas cosas especiales ¡había tanto que ver! ¿Por dónde empezar? Seguro que por mucho tiempo que estuvieran allí. Por muchas veces que volvieran, no llegarían a ver toda su inmensidad.
Lisboa era toda poesía. Cada  rincón, las bellísimas plazas, hasta las calles con su típico empedrado y sus cuestas. Un lugar dónde no se podía utilizar zapatos de tacón fino ¡para qué! Era mejor ir plano para poder caminar, subir para luego bajar sin dificultad. Caminar por una ciudad llena de encanto, de magia.  
El primer paso era visitar la Lisboa antigua, sus estrechas calles con sus ínfimas aceras. Una delicia ¡Cuidado! Viene el tranvía.  Ese tranvía amarillo, viejo, antiguo como la misma ciudad. Claro que es imposible pensar en la capital lisboeta sin su tranvía, forma parte de sus arterias. De todos modos es la mejor manera de llegar al barrio alto.
Llegar hasta El Chiado, quizás sea el barrio más bohemio de Lisboa, es el lugar más indicado para encontrar esos bares dónde se reúnen los intelectuales, escritores y artistas. Al mismo tiempo que pasear viendo tiendas de todas clases. También esas viejas librerías que al entrar se puede notar los años que han pasado por ellas, o lo que es lo mismo, su antigüedad, para una vez que notas el cansancio sentarse en una terraza y saborear un refresco hasta que llegue el anochecer para entrar en una taberna donde podamos deleitarnos con un dulce fado.
El fado ¿de dónde proviene el fado? En una de las tertulias con algunos expertos del mismo y otros del flamenco puro. Pude escuchar que los dos eran de la misma “sangre”, con las mismas raíces. Solamente una excepción, el fado no se baila, el flamenco sí.
Esas letras dulces, trágicas. Por lo menos a mi me parecen. Me gusta oírlas en silencio, con la paz y el embrujo de la noche. Mirando a las estrellas. Frente a una copa de vino de Porto, con el mismo sabor añejo que la ciudad dónde estoy escuchando la canción interpretada por Amalia Rodrigues. Entorno los ojos y sueño.
Puedo ver sin moverme de la silla: El elevador de Santa Justa, la torre de Belem, La Alfama con sus callejuelas medievales, historia viva de la ciudad dónde se respira una atmósfera distinta, inigualable.
¿Y qué decir del Parque de las Naciones? Poder aprender lo que bien dice una vieja leyenda,  la ciudad de las siete colinas… ¿Quién piensa que Lisboa no tiene metro?
Cruzar el estuario del Tajo, majestuoso, desafiante, como si nos quisiese decir ¿Qué pasa? Yo soy el que manda sobre el inmenso mar. Pasear sobre él, cruzando esos maravillosos puentes. El 25 de Abril con 2 kilómetros, se ve ínfimo corto cuando has tenido el enorme placer de cruzar por el Vasco de Gama, entonces se nos acelera el pulso al poder acariciar el agua en todo su recorrido que son nada más y nada menos que 17 kilómetros.
Todo eso pasa por mi mente mientras escucho esa maravilla de canción entre dulce y apasionada como es el fado.
Bajo de mi nube pensando que pronto muy pronto voy a volver de nuevo a pasear por esas calles y colarme dentro de un patio típico para poder plasmar en mi retina toda la historia de Portugal.

Higorca

miércoles, 11 de julio de 2012

RECUERDO A MIGUEL A. BLANCO

Óleo del maestro: José Higueras Mora



Recuerdo aquellos días y se me pone la carne de gallina. Fueron dos días terribles. Incertidumbre, dolor. No me atrevía a moverme, quería estar cerca de la radio, de la televisión, de todos aquellos medios de comunicación dónde dijesen, o dieran cualquier indicio de ese muchacho joven. Un chico lleno de vida, secuestrado por esa banda de asesinos, de desalmados que pululaban por cualquier lugar de nuestra piel de toro. Todos rezábamos para que lo dejaran libre, libre y vivo. Que sus padres, su hermana y los españoles pudiéramos respirar tranquilos.
Pero no fue así. Miguel Ángel apareció, sí, pero sin vida, muerto, inerte, asesinado por unos cobardes que solo pretendían y siguen pretendiendo verter sangre de gente inocente que no son culpables de nada porque nada han hecho.
Ha pasado el tiempo, los años. Quince ya. Como el que no quiere la cosa. En cambio todo esta reciente, no hemos olvidado el dolor que sentimos, acompañando a su familia en esos momentos terribles y duros.
¿Qué pretendían? Si querían decirnos que una vida no vale, ¡no lo consiguieron! Primero, fueron muchos los que se llevaron por delante, sin mirar el orden, la edad, masculino, o femenino. No miraron nada, simplemente el placer de ver la sangre correr por el suelo.
Cuando escucho sin querer escuchar que los derechos humanos están pidiendo que dejen en libertad a fulano, a mengana, o que vayan a visitar a la cárcel a todos esos y esas que también las hay, las ha habido y lo que no sabemos. Cuando oigo esas cosas, algo se me revuelve por dentro y es entonces cuando me rebelo, y  grito aún sin gritar para que no piensen que me he vuelto loca. Y de nuevo me pregunto ¿ellos tienen derechos humanos y todos los que mataron no? ¿Tenemos que recordar a esos señores cuántos niños murieron en Barcelona, en Zaragoza y así un largo etc. ¿Qué culpa tenían esas pobres criaturas que no pudieron disfrutar de la vida porque se la segaron siendo inocentes? Para ellos no hay derechos humanos, claro cómo van a tener si fueron asesinados sin piedad.
No sé qué está pasando, tampoco sé si la memoria es tan flaca que se nos olvidan las cosas. Me invade la tristeza, no hubiera pensado nunca todo lo que estamos viviendo en estos momentos ¿Qué ha pasado, que es lo que se ha hecho mal?
Pero hoy solamente quiero recordar, homenajear a ese guapo y joven hombre que termino en manos de unos desalmados sin sentimientos, sin escrúpulos, que tienen por saludo un arma de matar en las manos.
Mi recuerdo para ti Miguel A. Blanco, donde estés nos veras y seguro que estarás velando por esos padres y hermana que tanto dolor guardan en su alma. También mi recuerdo y cariño para ellos.

Higorca